La ayuda de Dios me ha llegado de una manera imprevista y que en su momento no interpreté como tal, sino como una desgracia. Recuerdo especialmente un caso donde lo que yo consideraba mi centro de gravedad, mi poder superior, mi principal fuente de valía, me fue arrebatado. El mundo se me vino al suelo y mi típica ansiedad de ese entonces afloró para decirme que ya no tenía futuro. Había olvidado como había deseado romper tanto ese vínculo que en un principio me fue de tanto beneficio, pero que por una serie de hechos fortuitos se había convertido en una pesadísima carga que me estaba asfixiando.
Tiempo después agradecía lo sucedido. Me di cuenta que de haber continuado en esa situación de la que fui arrancado, me habría visto inmerso en un huracán que yo no vi venir, pero mi Poder Superior sí. No solo fui librado de un gravísimo peligro, sino que tuve la oportunidad de desarrollar una serie de habilidades que no conocía, de unirme más a mi familia y, por si fuera poco, en esos momentos de confusión fue cuando conocí el Programa de los Doce Pasos.
Ahora trato de refrenarme cuando percibo que algo no está saliendo como quiero. Aún mi primer impulso es rebelarme. El neurótico dentro de mí quiere tomar las riendas para sumirme en la frustración. Recapacito y recurro a la oración para encontrar paz y obtener el sano juicio para pensar correctamente. Vuelvo a hacer el Tercer Paso, que tan bien me ha funcionado, y le dejo los resultados a mi Poder Superior quien tiene una visión muy por encima de la mía y sabe lo que es lo mejor para mí.
C.G.



