domingo, 10 de mayo de 2015

Tragedias que no lo eran

La ayuda de Dios me ha llegado de una manera imprevista y que en su momento no interpreté como tal, sino como una desgracia. Recuerdo especialmente un caso donde lo que yo consideraba mi centro de gravedad, mi poder superior, mi principal fuente de valía, me fue arrebatado. El mundo se me vino al suelo y mi típica ansiedad de ese entonces afloró para decirme que ya no tenía futuro. Había olvidado como había deseado romper tanto ese vínculo que en un principio me fue de tanto beneficio, pero que por una serie de hechos fortuitos se había convertido en una pesadísima carga que me estaba asfixiando.

 Tiempo después agradecía lo sucedido. Me di cuenta que de haber continuado en esa situación de la que fui arrancado, me habría visto inmerso en un huracán que yo no vi venir, pero mi Poder Superior sí. No solo fui librado de un gravísimo peligro, sino que tuve la oportunidad de desarrollar una serie de habilidades que no conocía, de unirme más a mi familia y, por si fuera poco, en esos momentos de confusión fue cuando conocí el Programa de los Doce Pasos.

 Ahora trato de refrenarme cuando percibo que algo no está saliendo como quiero. Aún mi primer impulso es rebelarme. El neurótico dentro de mí quiere tomar las riendas para sumirme en la frustración. Recapacito y recurro a la oración para encontrar paz y obtener el sano juicio para pensar correctamente. Vuelvo a hacer el Tercer Paso, que tan bien me ha funcionado, y le dejo los resultados a mi Poder Superior quien tiene una visión muy por encima de la mía y sabe lo que es lo mejor para mí. 

 C.G.

Un fantasma siempre al acecho



Hasta ahora, cada vez que se me pide trasmitir el mensaje, he sido enfático en el hecho de que aunque el enfermo alcohólico ya no beba e incluso ya no esté o haya muerto, el daño sigue dentro de nosotros. Igual que al alcohólico, el fantasma del alcoholismo nos acecha. Igual que el alcohólico que no puede decir que está libre de su condena, tampoco nosotros podemos decir que estamos libres de la nuestra y, como ellos, lo que recibimos es una suspensión diaria de nuestra condena, a condición de que estemos dispuestos a trabajar por esa libertad. Si bajamos la guardia, estaremos en problemas.

 Después de un terremoto hay que reconstruir. Los daños no se arreglan por sí solos. Si no hacemos nada, el desastre se mantendrá. Hay que salir de los escombros. El hecho de que el enfermo alcohólico deje la bebida, no es garantía de que la basura neurótica que quedó diseminada desaparezca. La recuperación de los que hemos sido afectados por el alcoholismo, es un proceso que no está condicionado a si el enfermo está o no activo. Esto porque el problema no es él: somos nosotros.

domingo, 3 de mayo de 2015

El fuego no se combate con el fuego


"¡Si quiere, acá mismo le pego!", me amenazó un familiar al tiempo que me mostraba su puño. Yo iba saliendo para la iglesia cuando me lo encontré frente a la casa de unos vecinos y aprovechó para retarme. Habían pasado ya varias semanas desde que se había iniciado unas rencillas con unos familiares paternos a raíz de su creencia infundada de que mi familia planeaba dejarlos en la calle. Yo me había mantenido al margen, por eso me sorprendió cuando quiso involucrarme. Inmediatamente me di cuenta de su plan. Quería, aparte de empeorar el conflicto, armar un escándalo frente a los vecinos para delante de ellos tratar de destruir la buena imagen que tenían de mí y de mi familia. No caí, solo lo ignoré.

No voy a negar que sentí ira, pero ese mismo día tuve junta y aproveché para expresar mi enojo junto con mi deseo de perdonarlo. Me ayudó recordar su dolor interno, que cargaba desde niño por ser hijo de una madre torturadora física y psicológicamente y un padre abusador de menores, que dentro de sus víctimas se encontraba su propia prole. Ese día, en el momento preciso del hecho, él llevaba de paseo a su hermano menor que había nacido en una ambulancia frente a su casa porque su madre ocultó el embarazo cuanto pudo. Ya lo había hecho en otras ocasiones, pero esa vez no tuvo tiempo de llegar al hospital y dio a luz delante de todos los vecinos. No aceptaba sus embarazos y confesó, por lo menos una vez, haberse tratado de provocar un aborto golpeándose el abdomen. ¿No era mi agresor digno de compasión? 

El papá de ese familiar, pese a su historial de corrupción, era policía y estaba protegido por la delegación a la que pertenecía, lo que empeoraba las cosas. La solución nos llegó del Cielo. Un policía de otra zona y su amiga abogada, nos tendieron una mano. Los agresores se mantuvieron a raya hasta que también con la ayuda de Dios, nos fuimos a residir a un lugar muchísimo mejor.

He tenido que enfrentar provocaciones. He sentido el deseo de lanzarme con ira a agredir con palabras y hechos a mis agresores. Con la ayuda de Dios he podido contenerme y tomar acciones más inteligentes y efectivas. La tentación de combatir fuego con fuego es muy grande. Al-Anon nos enseña que hay otra salida. No tenemos ni debemos quedarnos de brazos cruzados frente a la agresión. No podemos caer en el juego neurótico de un agresor, por eso pensamos, modulamos nuestras emociones y luego accionamos adecuadamente. Así no nos dañamos y resolvemos el problema juiciosamente. Pensamos, no reaccionamos. Nos defendemos con la habilidad emocional que nos da el programa.

C.G.

sábado, 2 de mayo de 2015

No tengo el control

Desde hace varios meses se vienen presentando una serie de situaciones que han trastornado la armonía familiar. Una de ellas parece que ya no, aunque pintaba mal. Más bien podría ser algo beneficioso aunque en su momento no se veía así. Las otras situaciones siguen siendo un misterio en qué irán a parar y son más preocupantes, porque no solo la integridad espiritual de miembros de la familia está en jaque, sino también la física.

La tensión se siente en el aire pero yo estoy tranquilo. Le he tratado de trasmitir esa misma serenidad a los demás miembros de la familia sin mucho éxito. Me dicen que desean tenerla pero no están dispuestos a deponer la lucha. Quieren seguir peleando contra algo sobre lo que no tienen poder. Algunos conocen el Programa pero no han sido capaces de dar el Primer Paso. Le entregan al Dios de su entendimiento los familiares en riesgo, pero al no haberse rendido, la obstinación les gana y los hace abalanzarse otra vez a la desesperación.

Las lágrimas, el drama, los reproches y los sermones ya sean directos o indirectos, son algunas de las armas que usan en una pelea inútil, que ha terminado produciendo más terquedad en quienes se busca cambiar. Simplemente no se puede. La meta es noble pero la misión es imposible. Lo mejor que se puede hacer es rendirse y buscar la propia estabilidad. Si se sigue en la pelea, se contribuye a aumentar la neurosis familiar en vez de disminuirla.

Hay muchas cosas que aunque acepto existen en este mundo, no me gustan. Algunas nos podrían llevar a la extinción o mínimo a una mortandad. No puedo hacer nada excepto contribuir para que no sigan ocurriendo, aunque mi aporte sea mínimo. Están fuera de mi control y solo le pido a Dios seguir aceptando lo que no puedo cambiar y trabajar con valor para cambiar lo que sí.

viernes, 1 de mayo de 2015

Se vale vivir bien

Me he topado con muchas frases que me han causado una profunda impresión. Recuerdo una que dice "La mayoría de la gente no vive, solo existe". Otra muy relacionada con ella, es "la vida es un banquete y la mayoría de la gente se muere de hambre". Otro compañero de la hermandad dice con frecuencia en sus charlas "Se vale vivir bien". ¿Por qué nos cuesta tanto vivir bien, vivir a plenitud cuando tenemos todo para lograrlo? Lo tenemos, pero no lo vemos. Es como un tesoro que no hemos descubierto. Y no hay que ir muy lejos para obtenerlo: está dentro de nosotros. Es difícil creerlo cuando por tantos años hemos aprendido a depender lo externo. Hemos sido sometidos a un proceso de deformación que nos marca con fuego la idea de que la felicidad debe venir hacia nosotros y no desde nosotros. Nos educaron para ser dependientes. Aprendimos a ser esclavos.

Como se suponía que la felicidad era “sentir bonito" entonces la confundía con la sensación de agrado superficial que experimentaba mi ego al recibir aprobación, aceptación, aplauso, al cumplirse sus expectativas sobre las circunstancias y las personas y por supuesto al experimentar intenso y continuo placer sensorial. Vivir bien era entonces que se cumplieran mis deseos. Estaba bien equivocado. Y si las cosas no ocurrían como yo quería, ¿no podría ser feliz?  ¿Entonces la felicidad era tan condicional y esquiva? ¿Tendría siempre que depender del dinero, la sumisión, el dominio o lo que fuera para recibirla? En Al-Anon descubría que la única condición para ser feliz era enfrentar la vida de la manera correcta. No tenía que esperar nada de afuera. Esas actitudes correctas las fui aprendiendo y al ponerlas en práctica me sentía mejor. No solo se trataba de "sentir bonito", sino que sentía paz interior y armonía. Y esas acciones me hacían crecer como persona.

Sé que muchos de los que leerán esto, como yo en su momento, les costará aceptarlo y si lo aceptan, les costará ponerlo en práctica. Se nos ha programado equivocadamente desde el mismo inicio del desarrollo de nuestra conciencia, y sacar la basura para obtener el tesoro tal vez no resulte sencillo. Puede dar miedo soltar las prótesis y caminar solo. Puede ser tentador no esforzarse y resignarse a seguir el camino conocido. Yo quiero disfrutar del banquete de la vida, quiero vivir y no solo existir. Se vale vivir bien y quiero vivir bien.

C.G.