De regreso a
mi casa después del trabajo, escuchaba una pareja de amigos que venían detrás mío
conversar muy animadamente. Un comentario de la muchacha llamó mi atención y me
hizo ponerle mucho cuidado. Se alababa por ser una mujer muy celosa y contaba
los métodos que usaba para controlar a su novio, al que hasta la fecha no había
podido detectar ningún indicio de infidelidad. Decía sentirse muy agradecida
también con Dios por enviarle un novio que la quería mucho, porque era también
extremadamente celoso, al punto de no poder salir a pasear sola. Oírla me hacía
gracia por lo absurdo del motivo de su satisfacción, y también tristeza por el
mal pronóstico que tienen todas las relaciones sostenidas por la mutua
desconfianza de perder una propiedad. Sí, propiedad, porque a eso reduce el
celoso a su pareja.
De ninguna manera podría catalogar a esa persona como tonta o mala. Solo era alguien actuando acorde a una ideología incorrecta, pero que seguramente le inculcaron, ha aceptado y encontró un fuerte asidero en sus defectos de carácter. A mí me pasó. Conociendo la idea tan extendida de que el amor de pareja es dominio sobre el otro, de seguro estaba convencida de que verdaderamente amaba a su novio. Su alegría y desinhibición al contar tal comportamiento, que visto a la luz del programa es nocivo, me lo afirmaba. Así le pasa a mucha gente. Cree de corazón que hace lo correcto pero la información que tiene es incorrecta. El resultado es que a pesar de la convicción de que se hace lo correcto, el resultado siempre es erróneo. Dos más dos nunca será cinco, aunque crea lo contrario. Negar la verdad no la cambia.
En la reunión de mi grupo a la que fui esa semana salió el tema de las ideas erróneas que habíamos aceptado como correctas, y entre otras cosas mencioné la conversación de esas dos personas. Los gestos de desaprobación acompañados de estruendosas risas de todos mis compañeros no se hicieron esperar. Ellos como yo habían abandonado esa idea de que los celos son muestra de amor y por tanto deseables. Me sentí contento por ellos y por mí. Desprenderse de ideologías destructivas cinceladas en nuestras mentes desde edades muy tempranas es un gran logro ¡Aprender a desaprender! ¡Qué gran regalo! Renunciar a ideas tan arraigadas, aceptadas como ciertas y hasta queridas por tanto tiempo, requiere gran crecimiento espiritual. Tuve que sacar la basura para darle espacio al pensamiento correcto que fui adquiriendo por la gracia de Dios y ha tenido una muy positiva repercusión en mi vida.
C.G.
