Cuando creía que la
felicidad era placer, dinero y felicidad eran sinónimos porque el dinero me
permitía conseguir cosas que me daban placer. Tenía otra razón para creerlo.
Veía a todas las personas buscarlo con desesperación y parecía que el máximo
logro de alguien, era tener mucho acumulado. Y todavía mejor si gracias al desahogo
económico, uno se entregaba a la pereza y se dedicaba solo al placer.
Viendo ahora que el acumular fortuna es un riesgo muy
grande para mi integridad, y parece que para mucha gente, le pido a mi Poder
Superior me ayude a tener lo que él considere necesario y que yo pueda manejar.
En el aspecto material también necesito sobriedad. La felicidad no
proviene de cuánto puedo comprar sino de mis actos correctos. La vivencia del
Bien es lo que me hace feliz. Creo que lo que dice la Sexta Tradición sobre los
grupos aplica también para las personas, o sea que nuestro objetivo primordial
es el espiritual. Nada debe distraerme de ese objetivo. Todo lo que soy y tengo
debe servirme para mi crecimiento. De lo contrario es inútil y terminará
perjudicándome. En la medida que viva los principios que me enseña en el
programa y que creo están inscritos en la esencia de toda persona, aunque no
todas se preocupan por seguirlos, seré feliz.
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